Recibir Equivale Dar | Bitácora 240120260016
Recibir equivale dar
Por Felismer
No espero que me creas, pero necesito contártelo. Solo escúchame en silencio. No me juzgues. Quizás te lo digo para liberar un poco mi conciencia… o para que aprendas a no cometer el mismo error. Hoy mi hijo, habría cumplido quince años.
Todo comenzó cuando estudiaba en la universidad. Trataba de equilibrar el trabajo, los estudios y la maternidad. Muchas mujeres viven o han vivido algo parecido, lo sé, pero vivirlo no es lo mismo que decirlo. Arturo tenía tres años y me veía un par de horas en la noche, a veces los fines de semana. Vivíamos en casa de mis padres, a las afueras de la ciudad, así que viajaba mucho para poder estudiar y trabajar.
Estaba en segundo año y todo empezó a ponerse cuesta arriba. La relación con mi ex, padre de Arturo, se había vuelto tensa; el trabajo que me consiguió mi hermano mayor me consumía; mis notas se desplomaban. Iba a perder la beca que me permitía estudiar. Mis jefes se molestaban porque estudiaba en mis horas laborales. Literalmente estaba entre la espada y la pared.
¿Te ha pasado sentir que todo va mal y solo te queda pedir una intervención divina? Mi madre reza todas las noches frente a una virgen en su velador. Y, aunque yo no soy tan devota, crecí creyendo que Dios escucha… o al menos escucha a quien le ruega con suficiente fe.
Ese día el cielo estaba gris, como reprimiendo lágrimas. El viento sacudía las ramas de los árboles de la facultad y yo estaba en el centro de impresiones, imprimiendo más de quinientas páginas. Estaba agotada, con ganas de llorar. Salí para respirar un poco; el olor a tinta me mareaba. Decidí caminar fuera del campus.
—Esto es solo una etapa —me repetía— Pero igual, Dios… si me escuchas… ayúdame, por favor.
Fue entonces cuando vi una muy antigua basílica. A una cuadra del campus, medio abandonada, oscura, vieja, casi tétrica con manchas de corrosión por la lluvia y smog.
—¿Por qué no? —pensé— Quizás ahí Dios me escuché.
Apenas crucé la puerta sentí que bajó la temperatura. El olor a humedad, piedra mojada y velas impregnó mis sentidos. Había gente orando. Caminé despacio, evitando que mis pasos interrumpieran la oración de los demás. Me senté, me persigné y dije en voz baja:
—Dios… no soy perfecta. Trabajo, estudio, soy mamá… pero me está costando. Ayúdame, porque esto lo hago por Arturo. Solo quiero un mejor futuro para él.
Me quedé allí un rato, con la cabeza baja. Casi lloré. Sentí un poco de alivio, como si alguien hubiera recibido mi plegaria. Me levanté, volví a persignarme y me dirigí a la salida.
Cerca de la puerta había tres monjas con hábito completamente blanco. No las vi cuando entré. Sonreían, pero sus ojos tenían algo… una mezcla de angustia y paciencia. Llevaban folletos, separadores de páginas y una alcancía para recibir cooperaciones.
Busqué unas monedas y las dejé caer una a una. Estas sonaban al encontrarse con el fondo de la alcancía.
—Muchas gracias por su cooperación, hija —me dijo una—. Lleve estos separadores. Y recuerde: “recibir también equivale dar”. Que Dios la bendiga.
Me incliné agradeciendo. Mientras me alejaba, miré los separadores. Decían: “Oración a Nekhamiel, el ángel de todo deseo.”
Nunca había oído ese nombre. Pensé que era algún santo raro. No le di importancia.
Esa noche, después de dejar todo listo para Arturo y repasar mis apuntes, me quedé dormida.
Y soñé. Un lugar blanco, amplio, lleno de una luz suave. Entonces una silueta humanoide, alta y sin rasgos se presenta frente a mí.
—Pide —me dijo—. Y se te concederá si algo se da a cambio.
No lo pensé.
—Deseo que me vaya bien en el examen.
—Yo, Nekhamiel, te lo concedo.
Desperté recordando el sueño como si hubiera sido real.
Ese día rendí la prueba. Las respuestas aparecían solas en mi mente, como si siempre hubieran estado ahí. Fui primera en entregar la prueba. Cuando dieron los resultados, tenía nota máxima. Yo estaba feliz, al fin una buena noticia.
Pero ese mismo día, en la ciudad entera, empezó a salir un líquido rojizo de las llaves de agua. En mi casa en cambio había agua potable. Decían que era un fallo en la red de distribución. parecía otra cosa. Parecía sangre.
A los días volví a soñar con Nekhamiel.
Pero la capital y mi pueblo amanecieron invadidos de ranas. Saltando en aceras, autos, plazas. Ahí entendí que no era coincidencia.
Cada deseo venía con un precio. Y aun así… seguí pidiendo. Porque necesitaba sobrevivir. Así que:
—Deseo renovar la beca— Plaga repentina de piojos en todos lados. La gente se rascaba en las calles. Mucha gente se rapó cuando las lociones y champú para piojos y liendres se agotó. Yo y mi familia, nada.
—Nekhamiel, quiero entender todos los contenidos— La región estaba atestada de moscas. En el casino de mi facultad no se pudo comer. Y todo un semestre sin necesidad de estudiar.
—Quiero un buen cumpleaños para Arturo— Locales y supermercados tirando toneladas de comida podrida sin explicación. Al menos ya había comprado lo del mes. En las noticias, atribuyeron esto a las moscas. Arturo recibió su juguete que quería.
—Ser la mejor estudiante— Las personas amanecieron con espinillas, irritaciones en la piel y llagas misteriosas. Al menos yo tenía un cutis perfecto en la premiación de año, bueno casi.
—Necesito un ascenso en mi trabajo— Hubo una tormenta en vacaciones de verano. Cayó granizo del porte de un puño. Genero muchos accidentes, creo que hubo muertos y el ganado cerca de mi pueblo y de la región también fue afectada.
—Por favor, un novio para mí, estoy muy solita— Nubes de insectos negros oscurecieron partes de la ciudad. Eran langostas gigantes que generaron caos en todas partes.
—Deseo comprar lo que quiero— Estuvimos varios días sin luz eléctrica en toda la ciudad y pueblos aledaños. En mi hogar las cosas se encendían incluso desenchufadas. Mi madre atribuía este milagro a la virgen maría que siempre le reza.
Lo admito: todo iba bien para mí. Y el mundo pagaba por mí. Y no me importaba demasiado.
Nadie había tendido una mano a mí o a mi familia. El mundo no me debía nada… y aun así yo lo tomaba.
Entonces todo empezó a derrumbarse. Entregué un trabajo mal impreso, me atrasé en las cuotas de unas compras, mi ex quiso demandarme por la custodia de Arturo, en el trabajo querían más horas por la misma paga, mi reciente novio me dejó, bueno tampoco era tan lindo. Me saturé. Solo quería ser libre. Sin responsabilidades, sin cargas.
Esa noche soñé con él nuevamente. Nekhamiel apareció.
—¿Cuál es tu deseo? —preguntó.
Y vi, como si fuera un montaje rápido, mi vida entera: Arturo, el trabajo, la universidad, mis deudas, mis padres.
—Deseo ser libre —dije.
La sombra se expandió, como si respirara. Emanó un aura oscura y siniestra.
—Pasaré como un ladrón en la noche. Y me llevaré a todos los primogénitos. Al primogénito del rico y del pobre. Del empresario y del obrero. Habrá un gran clamor como nunca antes… y tú serás libre.
Entonces vi lo que iba a pasar. No escuché palabras, vi imágenes: casas llorando, madres derrumbadas, camas vacías, niños inmóviles. Desperté gritando. Comprendí la gravedad de lo que había dicho.
Salí corriendo esa mañana a la ciudad. Busqué la basílica… pero estaba abandonada, sucia, derruida. Nada quedaba de la vez que vine.
Me adentré llamando.
—¡Hola! ¿Alguien? ¡Por favor!
Desde el fondo, vi figuras moviéndose. Eran las mismas monjas. Y más con ellas. Todas vestidas de blanco, mirándome fijamente.
—Cometí un error —les dije—. Nekhamiel va a hacer algo terrible.
Las monjas empezaron a avanzar hacia mí, al unísono, murmurando primero… luego gritando:
—¡DAR Y RECIBIR! ¡DAR Y RECIBIR! ¡DAR Y RECIBIR!
Hui como pude. Corrí hasta el campus. Entré a los computadores. Busqué información.
Supe que Nekhamiel era un ángel vinculado a las 10 plagas y a la muerte de los primogénitos en los tiempos de Moisés. Leí foros, textos, discusiones.
Algunos vídeos en YouTube mencionaban oraciones para detenerlo, pero necesitaba acceso a libros antiguos.
Corrí a la Biblioteca Nacional. Estaba cerrada. Golpeé la puerta, desesperada.
Mi celular sonó. Rechacé la llamada, pero volvía a sonar insistentemente. Conteste y era la madre de mi ex, el padre de Arturo, Llorando.
—Hubo un accidente múltiple… mi hijo… Murió… ¡DIOS! ¡DIOS MIO! ¿¡POR QUÉ MI NIÑO SEÑOR!?...
Colgué, y sentí un vacío apretándome el pecho. Ya no había nada que hacer. Pero seguí corriendo a tomar el expreso de regreso.
Corrí por la calle, con el celular aún caliente en mi mano. Me pesaban los pies. Mientras pasaba junto a las casas y locales, el silencio se rompía con un coro de voces sintéticas y rotas que salían de televisores y radios encendidas:
—...Aquí informamos del terrible accidente múltiple en la salida de Angostura en la Ruta Sur. Más de 80 vehículos colisionados y se teme que haya más de 200...
—...Volvimos del accidente múltiple para informar que en el Hospital Clínico nos reportan cientos de muertes en toda la región... la causa aún es desconocida…
—POR ESO HERMANOS... EL DÍA DEL SEÑOR VENDRÁ COMO LADRÓN EN LA NOCHE; EN EL CUAL LOS CIELOS PASARÁN CON GRANDE ESTRUENDO…
—...Señora, ¿nos puede relatar lo que sucedió? —... MI BEBÉ, ESTABA DÁNDOLE PECHO, SEÑOR, EN MIS BRAZOS Y…
Oía lamentos y gritos, murmullos de tragedia masiva. Yo avanzaba temblorosa. Tomé el expreso con dirección a mi pueblo.
Llegué a casa y en el ante jardín mi madre con el teléfono en mano, su rostro de angustia y lágrimas:
—TU HERMANO, HIJA… TU HERMANO MURIÓ… EN EL ACCIDENTE DE LA CARRETERA…
Sentí un frío en todo el cuerpo. Y entonces…
Corrí tastabillando, gritando por Arturo.
— Mamá… ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡NO NO NO NO! DIOS. QUE NO SEA ASÍ, ¡QUE NO SEA ASÍ! ¡DIOSITO POR FAVOR! ¡POR FAVOR! ¡POR FAVOR!
Mi madre, entre lágrimas, me sujetaba sin comprender.
—Está durmiendo… no lo despiertes, llegó cansado…
—SUELTEME MAMÁ… ¡SUELTEMEEEEE!
Entré a la pieza. Estaba acostado mirando a la pared en su camita. El silencio me golpeó y toqué su frente fría…
—¡NOOOOOOOOOOOOOO! ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ?… ¡NOOO DIOOOS! ¿POR QUÉ?...
Como dijo el ángel. Todos los primogénitos habían muerto en la región y entre ellos: Mi hermano, el padre de mi hijo y mi pequeño.
Nadie entendió nada. Se habló de una toxina o de un patógeno. Pero nadie supo que fueron mis deseos los que trajeron las plagas.
Nunca volví a desear nada. Porque desear equivale a dar algo a cambio. Y Nekhamiel sigue apareciendo en mis sueños, preguntando qué quiero. Pongo la mente en blanco. Callo para no pedir y que…
—Es suficiente por hoy —me dice la psiquiatra, cerrando su cuaderno—. Llevas diez años aquí. Has avanzado al contarlo con tanto detalle. Pero no puedes seguir culpándote por cosas que no controlas.
—No lo entiende, doctora. Fui yo. Yo maté a mi hijo, a su padre, a mi hermano y a todos.
La doctora suspira y mueve la cabeza en resignación. Mira al enfermero.
—Administre la dosis completa de Lorazepam. No podemos dejarla así.
Miro como llenan la jeringa del fluido y expulsan el aire sobrante mientras las gotas caen frente a mí. La aguja apunta mi brazo.
—¡NO! ¡ESPEREN! NO ME DEJEN DORMIR, ÉL ESTÁ AHÍ ESPERÁNDOME. SE LO SUPLICO ¡POR FAVOR! ¡NOOOOOO!
Mientras me llevan semiconsciente a mi habitación, repito en voz baja:
—No me lleven con él. Dormir… no debo. No debo pedir… nada desear.
Al cerrar los párpados lo veo. Nekhamiel espera en silencio. Solo necesita que yo pida algo. Solo una palabra. Pero no la pronunciaré jamás. Porque recibir, siempre equivaldrá a dar.
Fin.

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