Reflexión #1: Sobre la experiencia del miedo

Estaba en lo cotidiano: haciendo aseo, ordenando, tirando lo que no sirve y acomodando lo que sí. Cuando, al sacudir el polvo de unos libros, me reencontré con Maturana. No lo buscaba. Simplemente apareció. Se cayó del estante donde lo tenía; de hecho, había olvidado que ese libro existía.

Humberto Maturana fue un biólogo y pensador chileno, conocido por haber propuesto la idea de autopoiesis: la noción de que los organismos se conservan a sí mismos mientras existen. Sin embargo, fue fuera de la biología donde sus ideas comenzaron a inquietarme, particularmente cuando sostuvo que la realidad que percibimos no es el mundo “tal como es”, sino una reformulación constante de nuestra experiencia.

A partir de eso, comencé a preguntarme: cuando tengo una experiencia que me genera ansiedad, angustia o miedo, ¿se trata simplemente de una reformulación de lo vivido? ¿No es el hecho objetivo —ni su causa concreta— lo que me angustia, sino la manera en que reformulo esa experiencia? ¿Es, entonces, la explicación del hecho lo que produce el verdadero miedo?

Hay experiencias que no apelan a la razón. El miedo a lo desconocido puede ser racional, indudablemente sustentado en la biología. Sin embargo, aquello que genera miedo no siempre está sostenido por una explicación razonable. Aun así, la experiencia tiene la capacidad —muchas veces grave— de dejar un surco en nosotros.

Cuando enfrentamos un infortunio que nos incomoda, es natural comenzar a construir explicaciones sobre la experiencia vivida. Estas explicaciones no son un simple recuento de hechos, sino intentos por darle sentido a lo ocurrido. Como señala Humberto Maturana, la explicación constituye una reformulación de la experiencia desde una perspectiva que nos permite comprender lo sucedido (Maturana, 1990, p. 64).

En su libro Emociones y lenguaje en educación y política, Maturana presenta un diagrama que ilustra cómo explicamos una experiencia. Adaptando este modelo a una mala experiencia —por ejemplo, el encuentro con algo que podría considerarse paranormal— es posible distinguir dos momentos.

  • La observación inicial de la situación.
Corresponde al primer instante, donde simplemente se constata el hecho ocurrido. En este nivel, el observador podría decir: “Estoy viendo algo que no puedo identificar” o incluso “Estoy viendo un fantasma”.

  • La reformulación de la experiencia.
En un segundo momento, entran en juego las interpretaciones y narrativas que intentan explicar lo vivido. La experiencia comienza a desplazarse desde el hecho hacia la duda: ¿Estoy seguro de lo que vi? ¿Fue un efecto visual? ¿Una ilusión? ¿O realmente estoy frente a algo que no debería existir?



Frente a este tipo de experiencias, y no solo las paranormales, es frecuente caer en la construcción de juicios y creencias que no tranquilizan, sino que intensifican el miedo y la ansiedad. Al enfrentar una situación que no logro comprender, mi rol como observador me lleva a generar explicaciones que no siempre son apaciguadoras. Incluso de crear escenarios en mi cabeza. En lugar de cerrar la experiencia, estas explicaciones abren nuevas posibilidades inquietantes: la idea de que aquello que está frente a mí podría hacerme daño, o peor aún, que exista independientemente de mi comprensión.

Por ello, quizá no sea el hecho concreto lo que genera miedo. No es el encuentro con el asesino, el monstruo, el demonio o el espectro lo que paraliza. El miedo nace después, cuando se intenta explicar lo que se vio o se sintió y se descubre que ninguna explicación resulta suficiente para nosotros.


Referencia

  • Maturana, H. (1990). Emociones y lenguaje en educación y política. Santiago de Chile: Paidós.


 


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